
Eduardo la vio y todo pareció dar vueltas. Ella era blanca, alta, delgada, pelo negro y de ojos oscuros. Caminaba muy segura y sonreía sin exagerar entre la multitud. Era difícil para él no intentar mirarla a los ojos. Aunque no la había visto antes, se animó a acercarse pensando que quizá no hubiera otra oportunidad de poder hablarle. Quien no arriesga no gana, y pensó que era tiempo de moverse. Fingió confundirla con una conocida. Ella lo saludó medio indiferente mientras le preguntaba su nombre. Luego no se atrevió a decir más, pero atinó a observar a un conocido que le dijo en qué iglesia se reunía, la recomendó y le pasó su teléfono. ¡Ahora todo dependería de él!
Así comenzó todo, Eduardo hizo su parte: intentó contactarla por internet; se apareció en su congregación aunque muchas veces fue en vano sin encontrarla, hasta que finalmente logró platicar con ella al inicio del servicio. Hasta hoy recuerda que le dio su teléfono celular (¡él no sería capaz de llamar a menos que ella se lo diera!). Luego todo fue cuesta abajo. Tuvo cuidado de no llamar demasiado como para molestar, pero no espaciar sus llamadas tanto como para que pensara que no tenía interés. Estaba hermosa y parecía una persona sencilla y agradable. ¡Tenía que conocerla más!
Poco después la invitó a desayunar con el desastroso resultado de un plantón bien dado. Dos horas de espera y nada. Pero no se desanimó. Ella valía muchísimo y pensó en seguir tratando; si de verdad le interesaba le costaría deshacerse de un poco de orgullo. Poco a poco logró obtener su confianza. ¡La estaba conquistando! Le sorprendió ver que se le ocurrían detalles cada vez más creativos para sorprenderla. La pasaban bien juntos. Luego en una oportunidad, al cabo de dos larguísimos meses se declaró tartamudeando de nerviosismo dándole un poema que le escribió. Ella no dijo que no, pero pidió más tiempo para conocerlo. Esperar es una palabra que no le gusta a nadie, pero Eduardo pensó que era una oportunidad para hacer un nuevo esfuerzo. Al menos ella sabía sus intenciones y aún lo quería cerca. Batallaba muchísimo para no llamarle todos los días. Tenía que darle espacio, ver a ver si ella le llamaba en alguna ocasión. Pero nada. Le dijo que no podría salir en un mes. Ella decía estar muy ocupada; era admirable que tuviera 2 trabajos y medio; por lo mismo Eduardo trataba de ser comprensivo. Ella se reinvindicaba en cada cita portándose agradable. Eduardo tuvo detalles como jamás los había tenido con nadie: mensajes, flores, regalos, cuadros, paseos en el parque. No obstante a que todo iba bien, ya casi le dolía no estar más cerca de ella. Ya no aguantaba las ganas de volverle a preguntar si quería ser su novia. ¡Esperar es muy difícil y doloroso cuando quieres a alguien! Al mes, en una noche estrellada, volvió a proponerle que fuera su novia… ¡esta vez ella dijo que sí! … esa noche fue su primer e inocente beso. Casi flotaba. ¡Sentía que todos sus esfuerzos sí habían valido la pena! No se explicaba cómo podía alguien sentir lo que él estaba sintiendo.
Luego la cruda realidad. Al cabo de una semana de no contestar por teléfono, fue a verla. Lo maltrató. Decía que no estaba segura de haber tomado la decisión correcta. Que se había equivocado. Sobra decir que Eduardo estaba decepcionado; sus alas estaban casi del todo quebradas, pero luego de algún tiempo siguió tratando. Ella se portaba indiferente a veces; otras ocasiones muy bien, pero no le daba mucha importancia. No sé como Eduardo seguía cuidando un sentimiento hacia alguien que claramente estaba jugando, ¡creo que la amaba! No obstante, su inmadurez lo lastimó bastante. Era su primera novia.
Te preguntarás por que compartir esta historia con un final tan triste. Hoy no deberíamos dejar de pensar en que lo mismo que esa muchacha le hizo a Eduardo, le hemos hecho a Dios. Duele pensar en eso. Hoy sabemos que Dios está verdaderamente enamorado de nosotros, su creación. ¡Nos grita su amor! Deberíamos caer en la cuenta de que muchas veces el Dios de todo el Universo desea oír nuestra voz durante el día y no nos damos el tiempo por estar ocupados en nuestra rutina. La verdad es que esa falta de tiempo no es más que falta de interés. Nos hemos portado como una joven petulante que no aprecia a quien más la ama a pesar de que Dios no es cualquiera, sino lo mejor que existe. Dios no es el feo o tímido de la clase. Pensemos por un momento: Dios es quien ha tenido más detalles para nuestras vidas; es quien nos ha dado más regalos y oportunidades. Es quien más nos ha buscado. Su Espíritu Santo trata de hablarnos de una y otra manera. Nosotros no hacemos nada sino ignorarlo. ¡Dios ha insistido como nadie! Hoy sabemos que Jesús murió por nosotros, pero no nos interesa más. Hemos dado por sentado que tenemos derecho a su amor, a lo que Él nos da tan insistentemente. Vida, salud, familia, casa, comida, amigos… ¡todo lo puso Dios! Vivimos la vida como si Él no estuviera ahí y Él espera junto a nosotros. ¿Alguna vez has pensado cómo corresponderle a Dios por tanto amor? ¿siquiera has intentado? ¿te das cuenta de que no tienes la capacidad de hacer algo digno de Él? ¡Dios merece todo lo que pudieras hacer y ni aún así sería suficiente! ¡Cada esfuerzo, cada privación, cada trabajo sería indigno!
Mucha gente puede haber pensado que Eduardo fue muy tonto en dejar correr sus sentimientos como lo hizo con esa muchacha. Que fue muy simple y tonto en no ver que esa persona no estaba lista para él y que ella era muy egoísta. Pero yo no puedo comprender tampoco por qué Dios nos ama tanto siendo nosotros tan malagradecidos y poco merecedores. Es el misterio más grande. Él cuida de cada detalle en nuestras vidas. Sabe nuestros nombres a pesar de ser millones. Si un cabello de nuestra cabeza se cae, eso no pasa desapercibido para Él. No le importan detalles pequeños o grandes, permanece declarándonos su amor. Estoy seguro que a veces Dios se duele de que le ignoremos tan flagrantemente. La Biblia habla de no contristar al Espíritu Santo. ¿cómo es posible que podamos hacer eso? Nuestro pecado es equivalente a un insulto a su gracia.
Seguimos sin entender muchas cosas. Pero sabemos que tenemos cerca la hermosa realidad de que podemos estar seguros de que el Amor en persona nos desea, nos quiere y nos llama cada día. Ojalá nuestro enfoque deje de estar principalmente en las personas, la pareja, el trabajo o el éxito económico y profesional. Esforzémonos en darle prioridad a quien tanto nos ama: Dios. Que nuestro anhelo sea construír con nuestras vidas un regalo que exprese de alguna manera que al menos intentamos corresponderle. ¡¿Qué harás tú?!
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